Wáshington y Damasco (que no es una fruta)

Saúl Landau*
SurySur.net

Siria se ha hecho peligrosa. Diariamente mueren y son heridos los sirios. Sus vecinos también han sentido el impacto de la violencia; refugiados en Turquía y brotes de lucha en las calles de Trípoli, Líbano, donde la paz depende de un frágil acuerdo entre cristianos, y musulmanes suníes y chiíes.

Los kurdos del norte de Irak comparten con los kurdos sirios el ideal de la “estadidad” que periódicamente ha sacudido a la región y ha provocado a Turquía a usar gruesas fuerzas militares. Jordania e Israel son testigos nerviosos mientras decenas de unidades rebeldes armadas realizan la guerra guerrillera urbana.

Patrick Seale reporta que “jihadistas, extremistas islámicos armados, han entrado a Siria procedentes de países vecinos –y también desde Kuwait, Túnez. Argelia y Pakistán… Grupos rebeldes realizan emboscadas, atacan puntos de control, destruyen propiedades públicas, matan a tropas del gobierno –unos 250 fueron muertos en diez días a fines de mayo y principios de junio. También secuestran, violan y matan salvajemente a civiles favorables al régimen”, y convencen fácilmente a los medios de EE.UU. de que “Assad lo hizo”.

Para impedir que los rebeldes se mantengan en un territorio, las fuerzas de Assad han cañoneado vecindarios “cuando los rebeldes se refugian en ellos”. Los rebeldes esperan provocar “la intervención militar de Occidente… Los rebeldes saben que no pueden derrotar al ejército sirio sin ayuda del exterior”.

Sin duda la violencia siria ha comenzado a crecer como una posible epidemia de cólera político en la región, la cual no será fácilmente contenida por los provocadores anti-Assad.

Estados Unidos continua tratando de “derrocar a los delincuentes”. Regímenes desobedientes, no democráticos, como Siria e Irán —y no los obedientes Arabia Saudí y Yemen— provocan las amenazas de la secretaria de Estado Hilary Clinton y del presidente Barack Obama, y sienten el dolor de sus sanciones, a pesar de ninguno de los dos países ha hecho algo a Estados Unidos.

Más, durante la pasada década, Siria torturó a “sospechosos” para Wáshington y alertó a agencias norteamericanas de planes terroristas, los cuales fueron desbaratados. El presidente Asad ha sufrido la experiencia de la ley de que “ninguna buena acción queda sin castigo”.

La Casa Blanca responde a las frases de esfuerzos de Siria con resonantes tonos de guerra. Pero casi dos miembros en activo de las fuerzas armadas norteamericanas intentan suicidarse cada día, lo cual no es precisamente un indicador de estar preparados para otra guerra en el Medio Oriente.

El levantamiento sirio con financiamiento clandestino de las monarquías saudí y qatarí y millonarios sirios anti-Asad en el exterior, así como apoyo de Wáshington y sus aliados, está dirigido a debilitar a Siria, aliado de Irán. Sin embargo, el conflicto también hace surgir el temor a otra aventura occidental en el Medio Oriente —con un choque posiblemente más amplio.

A principios de junio, la secretaria Clinton acusó a Rusia de suministrar helicópteros artillados a Asad, un acto que “prolonga la violencia”. Rusia negó la acusación y demostró que había reparado helicópteros sirios más viejos. (NY Times, 14 de junio.) Rusia entonces hizo un llamado a Clinton para que impidiera a los saudíes y qataríes que financiaran la entrada de armas y de mercenarios a Siria.

Dando apoyo de dientes afuera al plan de la ONU presentado por el ex secretario general Kofi Annan, Clinton dijo entonces a Rusia que permaneciera fuera de Siria —una región tan distante, ya saben ustedes, como Cuba de Estados Unidos.

El ministro ruso de Relaciones Exteriores Sergei Lavrov dijo que Rusia se oponía a la intervención de Occidente “porque sabemos que Siria es un complicado estado multirreligioso y porque sabemos que algunos de los que piden la intervención militar quieren arruinar esto y convertir a Siria en un campo de batalla por la dominación en el mundo islámico”. (AP Moscú, 9 de junio de 2012.)

“Carniceros”, llaman políticos y medios norteamericanos al gobierno de Siria, aceptando sin chistar los informes de la oposición siria —incluyendo miembros de al-Qaeda— que aseguran que las fuerzas de Asad masacraron a civiles en Houla y al-Qubir. Pero ¿quién cometió realmente esos horribles actos? Hasta hace poco los medios aceptaron acríticamente los reclamos de la oposición.

Un loco como Gadafi no gobierna a 20,5 millones de sirios. Asad continúa con fuerte apoyo en Damasco y Alepo, las mayores ciudades de Siria, así como en zonas alawitas. Una encuesta realizada en febrero por una agencia qatarí, financiada con dinero anti-Asad, llegó a la conclusión de que el régimen de Asad goza del 55% del apoyo popular —no por sus virtudes, sino porque la gente teme que un gobierno que lo sustituya sería peor.

En plena recesión en EEUU y Europa, ¿por qué provocar tensiones en Siria donde la intervención de Occidente podría provocar una nueva “guerra fría”? China y Rusia, que temen a un conflicto de grandes potencias, se han negado a tolerar las acciones occidentales anti-Asad. El conflicto de Siria también podría encender una guerra regional y religiosa: Arabia Saudí y Qatar contra Irán —suníes contra chiíes.

¿Qué pudiera hacer Occidente para detener la violencia actual contra civiles? Mary Dejevsky, de The Independent, lo calificó de “totalmente insincero por parte de EEUU y Gran Bretaña pedir la acción en Siria y culpar a Rusia de obstruccionismo”. El plan de la ONU de Kofi Annan para poner fin a la violencia entre las fuerzas de Asad y los luchadores de la oposición, señaló ella, no detuvo las masacres. ¿Pero quién cometió los actos sucios? Asad culpa a los “terroristas”, sus enemigos culpan a Asad.

El Frankfurter Allegemeine Zeitung culpó a los suníes anti-Asad porque las víctimas eran casi todas de las “comunidades alawita y chií. El periódico alemán dijo que “los perpetradores filmaron a sus víctimas y en videos en internet las presentaron como víctimas suníes del régimen”.

Patrick Seale sugiere que Occidente debe “unirse a Rusia y China” para presionar “a ambos bandos” a detener los combates y “ir a la mesa de negociaciones”. “La diplomacia, y no la guerra, es la única manera de preservar lo que queda en Siria para sus sufridos habitantes”.
¿Quizás después de las elecciones norteamericanas?
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* Cineasta. Integra el Instituto estadounidense para Estudios de Política.