Llega el fin del mundo

Antonio Peredo Leigue
Febrero 26, 2010

46 días después del terremoto que asoló a la República de Haití, dejando mucho más de doscientos mil muertos, ocurre otro terremoto aún mayor en Chile. En medio de ambos fenómenos, hubo al menos 5 movimientos sísmicos en otros tantos países de esta región. Estos seísmos están ocurriendo cuando se difunden vaticinios fatalistas que anuncian el fin del mundo en septiembre de 2012.

Los medios de comunicación, que nos permiten conocer los hechos de inmediato, también difunden, y con celeridad, tales augurios. Con mucha gravedad en el tono de voz, informan que las predicciones de Nostradamus, el pretencioso futurista de la Edad Media europea, coincide nada menos que con los astrólogos mayas, que hace mil años ya predijeron que la vida concluirá en nuestro planeta, en esa fecha fatal.

Un canal de televisión por cable, todos los días, nos entrega interesantes capítulos de la historia, a la vez que muestra predicciones fatalistas. En estos días, presentó un documental dando cuenta que, en Estados Unidos y Europa, mucha gente se prepara para enfrentar, con alguna posibilidad de sobrevivir, cuando ocurra el fin del mundo. Habría que pensar que, si realmente ocurriese esa catástrofe, no habría motivos para sobrevivir.

Pero no es ese el tema, sino el derrotismo que se acentúa en momentos especiales de la historia, como el actual. Hace doscientos años, en Nuestra América, el triunfo de la república sobre la colonia, exacerbó los temores de fin del mundo cuando ocurrieron fenómenos como huracanes o terremotos. Cosa similar sucedió en Europa, durante el violento proceso de la Revolución Francesa. La historia antigua también nos da ejemplos de ese tipo.

¿Significa esto que, los cambios revolucionarios, provocan fenómenos catastróficos? o talvez ¿las catástrofes naturales incitan a las sociedades a buscar cambios políticos? El simple enunciado de estas proposiciones, es ridículo. Nadie se atreve a pronunciar semejantes tonterías. Pero, sin decirlas, esas son las sinrazones que deslizan entre los temerosos sometidos, antes y ahora, a las predicciones de los charlatanes que nos adivinan la suerte y, como al desgaire, anuncian el fin del mundo. Temerosos y pesimistas siempre los hubo. Son los que dicen que, el día en que nacimos, en realidad, es el día en que comenzamos a morir. En cuanto a los augures, simplemente se aprovechan de tales debilidades, para medrar y, por lo general, tienen mucha suerte.

Pero la gente ya cree poco en la suerte que saca el lorito y el discurso inveterado del vendedor callejero. Por eso, fabrican sus argumentos sobre la base de los sucesos catastróficos que se abaten sobre este planeta en la actualidad. Se trata, dicen ellos, de que somos castigados por nuestra mala fe, por la perversión de las costumbres y, para culminar bíblicamente, por la adoración del becerro de oro.